Alumnas

Alumnas PreescolarLa persona humana es, por naturaleza, un ser complejo.  Reúne en sí todas las esferas de la realidad: el mundo material, espiritual y sobrenatural.  El Padre y Fundador lo llamó: "ciudadano de tres mundos" y enseñó:

“De acuerdo al plan de Dios, estos estratos deben constituir una unidad armónica.”[1]

 Crecer y madurar significa trabajar en el arte de la propia educación a fin de alcanzar una síntesis personal. Es aprender a conducir y gobernar la propia vida.

Ya que nadie puede perfeccionar lo que no conoce y estima, al hombre, para llegar a su plenitud, le es preciso adquirir un correcto autoconocimiento y una sana valoración de sí mismo.

Los padres y educadores son los primeros y más importantes agentes en este proceso de autoestima. Por medio de un amor personalizado y arraigado en el amor que Dios, Padre Providente, tiene hacia cada uno de sus hijos, se convierten en fiel reflejo de su paternidad divina. De este modo, el niño como el joven, aprende a interpretar la propia realidad y la del mundo a la luz del sabio plan de Dios, en cuanto éste encierra un designio de amor que incluye gozo y sufrimiento.Alumnas E. Media

A su vez, la familia y el colegio proporcionan la atmósfera adecuada para el cultivo de valores cristianos esenciales que hacen un sano desarrollo de la personalidad, en un tiempo actual de deterioro y transmutación de valores.

El Padre Kentenich destaca la importancia de la educación a la pureza, a la veracidad y al respeto desde la más temprana infancia, por ser éstos presupuestos básicos o "preámbulos experimentales" para el posterior desarrollo de la personalidad desde el punto de vista humano y trascendente.

Cada joven se transforma así en protagonista de su propia educación. Ésta le exige la difícil y sublime tarea de modelar su ser, conforme a los ideales que se propone alcanzar y que, a su vez, responden al llamado que Dios le hace al darle la vida.

"El sentido de la educación es lograr que, como hijos de Dios y miembros de Cristo, tengamos la capacidad y la disposición para dar forma a nuestra vida autónomamente y por nosotros mismos.”[2]

El Padre Kentenich ve en la pubertad y en la juventud la etapa más apropiada para aprender este arte a causa de la singular condición del alma juvenil, dúctil por naturaleza y abierta a los ideales más encumbrados.

El Padre y Fundador, inspirándose en la imagen de la Sma. Virgen - "el sol de la dignidad, de la nobleza y de la belleza femeninas”[3]- solía nombrar el ideal de la mujer como “toda alma, toda pureza, toda entrega.” La mujer es toda alma en la medida que espiritualiza lo corpóreo, y es toda pureza por la riqueza interior de quien ordena su vida instintiva y la subordina a las facultades del espíritu y al querer de Dios.  Ser toda entrega señala la dimensión de maternidad, que incluye la vocación de toda mujer; actitud que se traduce en servicio desprendido a los demás, capaz de engendrar vida.

Una personalidad generosa y servicial, en camino de maduración, firme en sus convicciones éticas y cristianas, enraizada filialmente en Dios y comprometida a luchar por el bien de sus semejantes, es el perfil ideal del educando al que se aspira.

La Alianza de Amor con María constituye una ayuda segura y eficaz para alcanzar este alto fin. Ella, por ser tan humana y llena de Dios, encarna la armonía perfecta entre lo natural y lo sobrenatural y se constituye en modelo acabado del hombre libre plenamente redimido. María es quien modela en el hombre los rasgos de Cristo, y como Educadora ejemplar es camino seguro hacia la santidad.



[1] Para un mundo del mañana.  P. Kentenich.  Ed.  Argentina. 1975, pág. 64

[2] Para un mundo del mañana.  P. Kentenich.  Ed.  Argentina. 1975, pág. 33

[3] Educación mariana para el hombre de hoy.  P. Kentenich.  Argentina. 1989, pág. 218